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La caza y los tigres en El Picazo del siglo XIX

Recientemente hemos descubierto una carta de 1840 mandada desde nuestro pueblo, en esta se relatan las actividades con las que se ocupaban los nobles y aristócratas que pasaban sus tiempos libres en El Picazo. La carta, datada en el 31 de agosto de 1840, fue escrita por José María de Alós, un destacado aristócrata y militar. Alós le dirige la carta a María Luisa de Borbón y Vallabriga, duquesa de San Fernando de Quiroga y nieta del rey Felipe V.  


José María de Alos y Mora (1765 - 1844)

En esta carta, José María de Alós relata su viaje al pueblo de El Picazo y las actividades que planea hacer, pero podemos destacar varios pasajes que nos muestran cómo era nuestro municipio a mediados del siglo XIX. Alós ya alaba la belleza del territorio, él mismo dice que “la campiña y la vega es de lo más hermoso que pueda verse”. Alós dice que en este tiempo busca dedicarse a la caza, el “ejercicio de Diana” como él le llama, en referencia a la diosa romana de la caza y la naturaleza. En esta época, la caza estaba empezando a perder su carácter jerarquizador. Una actividad que antes quedaba limitada a los altos títulos de la nobleza y la aristocracia, ahora se estaba igualando y todo el que se pudiera permitir un arma de fuego era libre de cazar. Aunque todavía mantenía ese carácter de las élites, que se dedicaban a la caza mayor (animales de gran tamaño como jabalíes, ciervos, osos, …) como una manera de entrenar y prepararse para sus actividades militares y de una forma más intelectual para acercarse a la naturaleza. La caza menor (de liebres, conejos, aves, …) era practicada por todos los grupos sociales y en este caso es la que practica José María de Alós, que incluso nos detalla los precios del momento de sus trofeos (“Porque con una liebre cuesta tres reales, dos un conejo…”).  


Leyendo esta carta también podemos ver la importancia de las viñas del pueblo, una visita de obligado cumplimiento para las élites que veraneaban en El Picazo y de diaria labor para los vecinos (“Desde mañana empezaré la vida de lugar levantándome al amanecer, e iré a las viñas”). De la actividad vinícola del pueblo ya tenemos testamento, en la calle San Mateo aún se conserva parte de una fachada de finales del siglo XVIII, que pertenecía a la casa de Francisco Jiménez, un destacado vinatero que realizaba su actividad en el pueblo y abastecía a Madrid de los vinos del Picazo y de Sisante. Así, gracias a este documento podemos comprobar que la producción de vino seguía ocupando un papel importante en la economía del municipio.  


Pero lo más curioso de esta carta es la mención a un animal exótico y nada común en este entorno. Escribe José María de Alós que “Nada puedo decir a su majestad del pueblo porque hasta la tarde no saldré a pasearle, puesta esta mañana lo era de que viniesen todos a ver el tigre”. ¿Un tigre en El Picazo? Efectivamente eso parece contarnos el aristócrata, pero ¿cómo? Desgraciadamente no tenemos muchas fuentes que nos puedan responder. Una de las posibles teorías sería el coleccionismo de los aristócratas. Durante los siglos XVII, XVIII y XIX era común que nobles y reyes europeos crearan colecciones de artefactos, plantas y animales exóticos de los rincones más alejados de sus dominios; las colecciones de animales más ricas muchas veces recibían el nombre de “casas de fieras” y posteriormente serían abiertas al público, dando lugar a los zoológicos actuales. Por lo tanto, sería plausible pensar que alguna de las destacadas familias nobles que habitaban en este momento en El Picazo hubiera conseguido traer algunos animales exóticos a este pueblo.  


Los duques de San Fernando Quiroga , Rafael Tegeo (1833), Museo del Prado.

Sobre los nombres mencionados en esta carta contamos con muy poca información. El personaje más destacado de todos es la destinataria de la misiva, María Luisa de Borbón y Vallabriga, cuya vida está llena de intrigas de la Corte y conflictos palaciegos. Su padre era Luis Antonio de Borbón, hijo del segundo matrimonio de Felipe V, que se había casado con María Teresa de Vallabriga, una dama hidalga de Aragón. La diferencia de estatus de los cónyuges era motivo de conflicto y debido a esta sus hijos quedaban excluidos de la línea de sucesión al trono de España. María Luisa se casó con Joaquín José Melgarejo y Saurín, nombrado duque de San Fernando de Quiroga por Fernando VII debido a su papel en la guerra de independencia. Su ideología liberal había provocado la aparición de tensiones con el rey Fernando, por lo que la pareja se vio obligada a huir a París para evitar represalias y solo volverían a la muerte del rey, en 1834.

  

En la carta, Alós también menciona a los duques Fidalgo y García. No sabemos con seguridad quienes fueron estos nobles, pero contamos con varios posibles candidatos. Uno es Ángel García-Loygorri y García de Tejada, duque de Vistahermosa, un destacado militar y político que ocupó cargos cercanos a José María de Alós, un posible compañerismo que habría dado lugar a una estrecha amistad. Solo encontramos un Fidalgo, Joaquín Francisco Fidalgo, geógrafo y maestro de la academia de guardias marinas de Cádiz; aunque este falleció en 1820, Alós había sido nombrado gobernador de Cádiz en 1813 por lo que podría haber establecido una amistad con Fidalgo o con uno de sus familiares.   


Por último, José María de Alós y de Mora, el escritor de esta carta, destaca en la historia por sus acciones militares en contra de los franceses durante la guerra de independencia. Respecto a su vida personal, contrajo matrimonio con María Luisa de Haro y Haro, con la que tuvo varios hijos. Destaca de entre todos ellos María Fernanda Alós López de Haro, que a su vez contrajo matrimonio con Antonino López de Haro Villanueva, descendiente de los Villanueva del Picazo. El matrimonio se mudaría a este municipio tras la boda y residiría aquí gran parte de su descendencia hasta comienzos del siglo XXI. 



Transcripción de la carta entre José María de Alós y Doña María Luisa de Borbón, escrita el 31 de agosto de 1840 en El Picazo

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