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Un paseo por El Picazo

Las bicicletas avanzaban a buen ritmo para no perdernos ni un minuto de esa puesta de Sol que veníamos comentando desde que iniciamos el viaje desde la urbe. Ansiábamos escapar, el contacto con la naturaleza, volver a nuestras raíces, con los nuestros.


Si, el estrés pesa. necesitábamos oxigenarnos, detener el reloj y despertar nuestros sentidos aletargados. Ponerlos a trabajar, sentir esos colores, ese abanico de aromas que podemos encontrar en cada rincón del término de El Picazo en estas fechas.


No, no podíamos esperar al sábado, elegimos el Llano de la Calera como punto de partida y conforme subíamos por el carril del carreo, nos iban recibiendo conejos que cruzaban de todas partes para dirigirse a sus vivares entre el pinar, una tierra arenosa, fácil de horadar por estos mamíferos.


Más adelante rastros de escarbaderos entre un sinfín de plantas en flor, tomillos, romeros, aliagas, todas aportando a nuestros sentidos.


Nos dimos cuenta que bajamos el ritmo de la bicicleta y no, no era por alguna cuesta sino por sentirnos impresionados con esas vistas que nos ofrecía la madre naturaleza: a un lado un mar en calma salvo una ligera brisa que acariciaba la cebada con su verde intenso, creando dibujos que encandilan como la llama de la lumbre en la chimenea y al otro lado del camino no un mar sino un océano de barbechos en flor donde libremente el verde se mezcla con el rojo intenso del ababol y otras herbáceas.


Decidimos dejar de pedalear y continuar caminando, y más que empujar las bicicletas nos servían de apoyo en cada parada. Seguimos así un buen trecho entre tomillos en flor y romeros a ambos lados del camino, alternados por mayos en flor que le daban una belleza especial a la escena.



Si, pasaban los minutos y ya no éramos los mismos que salimos de la urbe hacía tan solo unas horas. Decidimos sentarnos, sentir, disfrutar de esa puesta de Sol en el horizonte, respirar hondo, llenarnos con cada pequeño detalle que nos ofrecía el monte. Si, el monte del Picazo.


Retomamos la vuelta por la vereda de San Benito, esparragueras, trepadoras o no, alternaban con el pinar. Buscábamos su ribera y la Ermita de S. Benito. Aquí el tiempo se detiene, las vistas son imponentes, y el Júcar que baja con caudal crea bellos rincones.


Esa Cañada Real, esas huertas, esas collejas por las veredas que tantos recuerdos nos traen.


Mañana volveremos a su vega en nuestro paseo, hoy regresamos por el camino Real de la Losa al Picazo, la luna ya nos acompaña.


No, no somos los mismos que empezamos el camino, hay sensaciones, imágenes, que no se pueden explicar, hay que venir al Picazo y sentirlas.


Hoy por fin dormiremos, llenos de esperanza, de orgullo por esta tierra y por este pueblo.



Dedicado a El Picazo y sus vecinos por su cálido acogimiento, por sus valores, tradiciones y su amor por su tierra.



Categoría mayores de 18 años


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